Di con la escena mientras paseaba, el sábado, avanzada la mañana, por el centro de la ciudad. Veredas angostas, bastante deterioradas y altamente transitadas por un mar de gentes, sumado al profuso tráfico de las calles, liberando al aire la pesada combustión de sus motores, ponía bochinche y sofoco, pero también colores y diversidad. Mientras el ajetreo vertiginoso de la manada se afanaba, cabeza gacha, entrando y saliendo de cada negocio, en la búsqueda de lo inmediato, de aquello que alivie esa sensación latente, difusa e imprecisa de vacío que abraza por dentro, en lo alto, el Sol recorría su camino imperturbable, ajeno a las prisas sin pausas del laberinto que trama un tiempo caduco e impersonal. Los ya intensos roces de la primavera comenzaban a desnudar la piel y se poblaba el espacio circundante con el fragante decir de los primeros brotes, fulgurantes en su verdor, ebrios de luz.

A metros delante de mí, anclado en el medio de la marea humana, un hombre joven aferraba con responsable firmeza el manubrio de un cochecito infantil y su preciado pasajero: algo así como un año de edad, patitas sueltas, vestidas con un sólo soquete, gorrito marinero, toda una monada su ropita, ojitos abiertos y algo tensos, observándolo todo, sin comprender demasiado en qué iba el despliegue frenético en su entorno. En mis elucubraciones, inmediatamente improvisé un lógico argumento: mamá, de compras en uno de los locales próximos; papá decidió esperar fuera, habidas cuentas de la profusa clientela calzada a presión dentro de las reducidas dimensiones del comercio. De espaldas estaba, el muchacho, a un anciano que se acercaba trayendo la marcha lenta y dificultosa, muñida de un bastón que le entregaba algo más de estabilidad al andar. De a tranquitos quedos, fue acercándose a lo que, no dudé, fuera el binomio padre-hijo. Una marcada curiosidad por dar con la identidad del tripulante, a bordo de tamaño navío, llevó al hombre, una vez junto al carrito, a detenerse. Puso la vista en el progenitor sin decir palabras innecesarias, pues la intención, a través de un gesto amable, se manifestaba por sí sola. Luego, trabajosamente, se inclinó sobre el niñito, en tanto sus miradas entraban en contacto silencioso. Ah…, ese momento sí que olió a rosas, a reunión de almas, a reconocimiento amoroso: “ey, acá estás de nuevo, acá estoy de nuevo, ¡hola…!” y todo la contingencia que rodeaba el evento se diluyó en ese instante sin cuenta, al amparo de un cariño tan espontáneo como despojado y sincero. La sonrisa mansa floreció en la boca de ambos y delató la ausencia de algunos dientes, unos, por no nacidos aún, otros, caídos por haber cumplido ya su ciclo. En puño, se alzó la mano añosa del abuelo y, con un golpecito tierno en el protector delantero del vehículo, oí decirle muy bajito… “¿me llevás con vos?”.

Pasando, conmovida, a la vera del encuentro, sentí la tibieza de algunas lágrimas deslizárseme, nacerle alas a mi corazón y echar a vuelo, como una alondra estremecida, disparada hacia el cielo tan azul… Los extremos del proceso que es la Vida se tocan, cómo no. Fin e Inicio, un círculo que cierra a perpetuidad en perfecta simetría.


Vestida de fiesta íntima, preñada de amor, continué mi rumbo camino al río. Teníamos una cita.





Hubo un tiempo pretérito en que, brotado como simiente desde las entrañas mismas de la Tierra, se puso en pie y alzó sus ojos el hombre originario para contemplar la noche, impregnada por el misterio que siembra lo inalcanzable. En la necesidad de asimilar el universo que lo contenía y penetraba, dio un nombre al mundo tangible que urdía el entramado de la existencia cotidiana y puso, en lo alto, la inquietud más íntima por explicarse su esencia y, en el mismo acto, su procedencia. Así fue que, siendo uno, se desplegó la mirada rica, múltiple y diversa y allí donde la mano de la Creadora lo plantara, germinó el brote genuino de una particular interpretación del cosmos vuelta mito.
Para los pueblos que amanecieron su humanidad en estos parajes australes, fue la Cruz del Sur rúbrica inconfundible a la vez que guía y referencia en la travesía. Para muchas etnias nativas, la particular disposición de esos brillos recortados en el manto negro evocaba la relevante huella del avestruz, ave autóctona de estas regiones, de gran porte, vistoso plumaje, aunque, por su estructura, incapacitada de volar, pero hábil para desarrollar grandes velocidades ante la persecución de sus depredadores. “Ñandú” para los guaraníes (en el Noreste argentino, Paraguay, Suroeste de Brasil), “choike” para los mapuches, (en la Patagonia, al sur del Sur), “mañik”, para los mocovíes (en la región del Gran Chaco argentino), “suri”, para los chaguancas y chiriguanos (al sur de Bolivia y Noroeste argentino), todos ellos imaginaron ver en estas luminarias y en sus alrededores celestiales ora su pisada, ora su cuerpo completo o su cabeza, perseguido el pájaro por los cazadores, perros de presa y boleadoras de por medio.
La cultura andina, por su parte, distinguió una cruz escalonada conectando ‘el arriba’ (mundo de los dioses) y ‘el abajo’ (mundo de los muertos) con el ‘mundo terrenal e intermedio’ habitado por los humanos y la llamaron “chacana”, siendo la representación del dios Viracocha, el Creador en su concepción existencialista.
Con todo, estas cosmogonías, apoyadas en respectivas visiones astronómicas, carecen de popularidad por no representar la palabra oficial, sostenida e impuesta por los cánones ortodoxos de la comunidad científica. Sin embargo, pulsa en ellas una fuerza tremenda e incontenible, la que procede de un origen común: la voz genuina, atemporal y una del hombre proclamando la magnificencia del universo manifestado.

Conocer es saber. Saber, para comprender. Comprender, para amar. Amar para realizarse en el Ser Universal.