Hombre de poder, cuerpo vacío de conciencia, arquitecto del entramado perverso de un mundo enfermizamente disonante. Ay, si no fuera por las mariposas...

La cínica mascarada social produce la sedosa baba conque envuelve a sus víctimas a partir de la desprevenida voluntad de aquellos cadáveres vivos que ya han sido engullidos por su implacable voracidad. Va filtrándose tan despaciosa, tan silenciosa y discretamente en la inmadurez humana desde el inicio de la persona, tanto así lo hace, digo, que, en la mayor parte de los casos, no es percibido su infame operativo sino hasta cuando ya es demasiado tarde como para forcejear y safar.
Con todo, algunos más lúcidos logran reaccionar a tiempo, sacar la cabeza de la pestilente bruma enriquecida con aromas embriagadores, alcanzar el aire puro y reconectar, intuitivamente, con el sentido esencial de la existencia. Entonces, dan el paso al costado que los deja fuera del curso, del derrotero ciego de la manada que camina hacia el despeñadero.

Cuando la trascendencia de un propósito de vida se cifra en la posesión de lo perecedero, en obtener el título honorífico de una carrera facultativa, en conseguir el más sustancioso sueldo, en formar una familia según tipo y usanza de la moda en curso, en comprar la casa de los sueños, el auto más caro, las vacaciones en tiempo compartido, los viajes según el standard que la hipocresía global impone, cuando se ha cumplido sistemática y obedientemente con todas las premisas de una sociedad civilizadamente avanzada, se llega al extremo vacío, el punto de quiebre, el lugar exacto más allá del cual se abre la garganta profunda del propio abismo.

Posiblemente, sea usted quien, al levantarse cada mañana, sienta, poniendo un pie en el suelo, el retumbo sofocado de su auténtica voz preguntándole ¿dónde quedó el azul del cielo?









Aquel que funciona desde la obsecuencia camina parado sobre los pies de terceros, autocondenado a la cobardía de copiar y repetir la palabra de otros, sin alcanzar nunca el propio horizonte.
El que da el paso desde su propia voz camina en soledad, aun cuando otros viajen a su lado, y, con igual valor, se atreve al error tanto como al acierto, sabiendo que en cualquiera de los casos todo cerrará en el aprendizaje de su autoReconocimiento.












El río convoca de un modo inexplicable. Hay un magnetismo que atrae hacia sí todas las sangres. Embelesa con su canto rumoroso, mientras devuelve a los ojos el reflejo de un alto azul inabarcable.
Sin darse cuenta uno, va quedando rendido a su contemplación, aquietando las propias aguas, despejando el íntimo puente que lleva hacia el propio encuentro. 

En serena convivencia, las criaturas, el clamor sosegado de la Naturaleza trae el regalo de la calma. 










La experiencia humana es... un tránsito permanente desde luces a sombras, desde sombras a luces, a veces, sin siquiera los grises de las transiciones Y en ese devenir inevitable, se despliegan y definen nuestras alas, nos alzan en vuelo, nos posan en tierra, nos sostienen, embellecen, nos devuelven una y mil veces al curso inexorable de la Vida.





“Oh, caramba, ni un insecto esta mañana…“
En la terraza de mi casa de la infancia, en cuclillas me puse para fotografiar una flor pequeña que me hacía “ojitos” con sus desbordantes colores.
Fue entonces que una maripolilla llegó volando “no sé de dónde” (tal vez, vino en la palma de la mano de la Brisa), se posó en los delicados pétalos y giró su cabeza… para mirarme, dándome el tiempo necesario de reaccionar ante los hechos, cerrar la boca, enfocar y disparar. Suficientes 5 segundos y no más. Acto seguido, desplegó las alas y… fiuuuú…, volvió al seno del aire.

La realidad que “creamos” a diario es como esa criatura, se posa justo ahí donde repara nuestra atención.


¿Más claro?




En el afán de explicarlo todo, desguazamos los procesos vitales para analizarlos, perdiendo de vista la belleza que emana de su unidad.
Por un momento, sentir, en vez de pensar. Aún, conectar desde la intuición exquisita, más allá del sentir.

Sólo por hoy...




Trascender las fronteras, comenzando por las propias, las íntimas, esas barricadas con que tabicamos el dolor y el miedo por no saber qué hacer con ellos. Integrar lo distinto, lo diverso, en el seno mismo del Amor que en nuestra fibra íntima pulsa. Comprender para abrazar el camino de la Unidad y recibir ese día en que, como un canto nuevo, surja de nuestro aliento esa voz cristalina proclamando...


"... No hay patria que me contenga. Habiendo atravesado la noche de las mezquindades, conciencia pura soy desde la misma esencia que me nutre y sostiene en mí la vida. Como caricia, cada pisada sobre el cuerpo de mi Madre me recuerda que soy bien amada. Los caminos todos que hasta ti me llevaron, ahora me están devolviendo al único sendero unificado y, libre como el aire, me expando en un abrazo infinito que crece desde mi región más íntima, allí donde un sol rige el poder y voluntad en cada criatura humana, vibrando en sintonía con los soles mayores, con el Ojo mismo de Dios..."