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lunes, 13 de octubre de 2014

Hubo un tiempo pretérito en que, brotado como simiente desde las entrañas mismas de la Tierra, se puso en pie y alzó sus ojos el hombre originario para contemplar la noche, impregnada por el misterio que siembra lo inalcanzable. En la necesidad de asimilar el universo que lo contenía y penetraba, dio un nombre al mundo tangible que urdía el entramado de la existencia cotidiana y puso, en lo alto, la inquietud más íntima por explicarse su esencia y, en el mismo acto, su procedencia. Así fue que, siendo uno, se desplegó la mirada rica, múltiple y diversa y allí donde la mano de la Creadora lo plantara, germinó el brote genuino de una particular interpretación del cosmos vuelta mito.
Para los pueblos que amanecieron su humanidad en estos parajes australes, fue la Cruz del Sur rúbrica inconfundible a la vez que guía y referencia en la travesía. Para muchas etnias nativas, la particular disposición de esos brillos recortados en el manto negro evocaba la relevante huella del avestruz, ave autóctona de estas regiones, de gran porte, vistoso plumaje, aunque, por su estructura, incapacitada de volar, pero hábil para desarrollar grandes velocidades ante la persecución de sus depredadores. “Ñandú” para los guaraníes (en el Noreste argentino, Paraguay, Suroeste de Brasil), “choike” para los mapuches, (en la Patagonia, al sur del Sur), “mañik”, para los mocovíes (en la región del Gran Chaco argentino), “suri”, para los chaguancas y chiriguanos (al sur de Bolivia y Noroeste argentino), todos ellos imaginaron ver en estas luminarias y en sus alrededores celestiales ora su pisada, ora su cuerpo completo o su cabeza, perseguido el pájaro por los cazadores, perros de presa y boleadoras de por medio.
La cultura andina, por su parte, distinguió una cruz escalonada conectando ‘el arriba’ (mundo de los dioses) y ‘el abajo’ (mundo de los muertos) con el ‘mundo terrenal e intermedio’ habitado por los humanos y la llamaron “chacana”, siendo la representación del dios Viracocha, el Creador en su concepción existencialista.
Con todo, estas cosmogonías, apoyadas en respectivas visiones astronómicas, carecen de popularidad por no representar la palabra oficial, sostenida e impuesta por los cánones ortodoxos de la comunidad científica. Sin embargo, pulsa en ellas una fuerza tremenda e incontenible, la que procede de un origen común: la voz genuina, atemporal y una del hombre proclamando la magnificencia del universo manifestado.

Conocer es saber. Saber, para comprender. Comprender, para amar. Amar para realizarse en el Ser Universal.