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viernes, 8 de marzo de 2013


Es una tendencia pautada y afincada por las modas ideológicas creadas, alimentadas y sostenidas por la sociedad y su artificialismo materialista la de abandonar, a medida que se va creciendo en años, el saludable ejercicio del juego por ser éste dote exclusiva de la niñez, ese estado del ser humano incompleto en sí mismo, baladí y nada digno de crédito por alejado de la realidad del adulto. Es de este modo que, a la manera de un sube y baja, a medida que sumamos edad nos vamos acercando al mundo de los "grandes" y distanciando y enajenando del niño que fuimos, entendida esta transFORMACIÓN, dentro de los cánones culturales, como un signo de "buen juicio" y madurez. Así se van despintando los colores, apagando la algarabía, desmantelando la ingenuidad, perdiendo la capacidad de asombro, abortando el potencial exploratorio de la vida en sus infinitas manifestaciones. Llegan y se instalan en nuestras agendas los horarios, las citas programadas, la especulación, la "dependencia", los intereses creados, la vista puesta en el afuera, trayendo todo esto consigo la rigidez mental, la frustración de los sueños pueriles, la cancelación total de la fantasía. Se nos cuelgan una multitud de expectativas, se exige de nosotros acatamiento y rinde a costa de nosotros mismos pues la consigna es sostener el "modelo" de los mayores (gente sería...). Conque vamos ganando estatura y perdiendo altura.

En tanto, sucede dentro nuestro un llanto interno sofocado, no atendido, una necesidad profunda de volver a las bases, a lo auténtico, lo natural, no adquirido. Es ese niño que sigue vivo aunque amordazado, que pide por su libertad, por su legítimo derecho a ser. Hay humanos valientes que aún no han claudicado, que se otorgan el permiso de volver por ellos, de sacarlos de las sombras y devolverlos al pleno día. Son esos hombres y mujeres que no titubean en tirarse de un tobogán ante la mirada perpleja de su entorno, de participar de un picado en un corro callejero de purretes, de sentarse al borde de la fuente de la plaza céntrica a meter las patitas en el agua y chapotear por horas comiendo un helado. "Esos locos" que deciden recuperar la capacidad de jugar por el placer de jugar en sí mismo, por ir contra lo conforme y convencional que aniquila lo espontáneo y desbaratar conceptos, prejuicios y estructuras para volver a la riqueza de lo lúdico que expresa al niño en toda su pureza.

A través de su risa cristalina se asoma el alma irradiando su luz insobornable como lo hace el sol una mañana cualquiera por nuestra ventana.