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viernes, 26 de diciembre de 2014

A la vera del río, sobre el filo de la barranca, hay un tronco quemado, la reseña en pie de lo que pudo haber sido, seguramente, un paraíso. En la base, apoyado en tierra, un viejo neumático, alguna vez pintado de blanco, rodea el perímetro de la madera y la contiene. Allí vive una sociedad de abejas. Descubrí ese rincón escondido de la multitud hace ya un tiempo y hoy siento que me lo ofrece el Paraná para que haga de él mi santuario. 
Funcionales y eficientes, operan en comunidad por un objetivo común, el bien más alto de la colmena. Ese, el propósito de sus vidas. Está signado en su genética y son fieles a su diseño. 
Para lograr las fotografías de este álbum, me siento a su lado. Las observo en silencio largo rato. Ocasionalmente, les hablo sirviéndome de la palabra, sólo por aunar a su sinfonía mi zumbido propio, la vibración de mi voz. Con curiosidad sobrevuelan mi cuerpo, se posan en mis brazos, beben mi sudor registrando mi mapa energético, me configuran, me detectan, me aceptan y, finalmente, me integran: "la humana no reviste peligro". Justamente por eso, no hay embestidas de su parte, por la misma razón por la que no arremeten contra los juncos que se bambolean con la brisa costera. Temerles es desconocerlas, es poner por delante preconceptos condicionantes, es ver la Naturaleza como una amenaza, es ignorancia. 
Acá dejo estas imágenes para que crezca entre ustedes la confianza, para que se disipe el miedo infundado, para invitarlos amablemente a trasponer la frontera de alguna limitación personal.

Abrirse para conocer. Conocer para comprender. Comprender para amar.


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