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martes, 29 de abril de 2014

Remontarse a los orígenes del hombre sobre la faz de la Madre Tierra es, veo, esclarecedor. Por techo, el cielo. Si llovía, la gruta en la caverna, el ramaje en el bosque. Por alimentos, lo que el entorno proveía: hierbas, peces, animales. No había afán de acumular pues no tenía ningún sentido hacerlo. Entonces, quedaba tiempo del día para pensar el Universo y observarlo, otearlo a la vez que atisbarlo y dar a luz nuevos lenguajes conque expresar la riqueza del mundo interior, las pinturas, por ejemplo. La Creación cobraba, así, un protagonismo conciente y a falta de distracciones que derivaran la atención y la "intención" hacia la nimiedad de lo superfluo, se reconcentraba la mirada en el significado de una existencia, aún, misteriosa. Todo por develar.
¿Qué pasó luego? Pasó la "Ilusión" del Juego y todo fue (y todo es) perfecto del modo en que ocurrió (y ocurre).