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miércoles, 24 de agosto de 2016

Caminaba hoy en la tarde por las calles de Rosario. El cielo, parcialmente nublado, lluvias aisladas y franco descenso de la temperatura. La gente “evitaba” el contacto con la intemperie y se refugiaba bajo los techos de los escaparates a lo largo de las veredas. Y no es que esté haciendo un reporte me(n)teorológico. Nada de eso. Sólo observo y reflexiono… así:

“La ‘primera tormenta’ ocurre, inevitablemente, en el cielo interno: la mente y su cede física, el cerebro, que, curiosamente, también se halla en nuestros 'altos'. Cuando estamos siendo acosados por los propios pensamientos restrictivos, acotados, anquilosadamente artríticos, calcificados por haberse sostenido en la rigidez durante toda una vida a causa de creencias limitantes, la mente genera auténticas tempestades. Entonces, truena, relampaguea y llueve la emocionalidad sobre el corazón y sus efectos se dejan sentir sobre nuestra totalidad, claro. Sin embargo, y continuando con la analogía, del mismo modo en que el Sol permanece tras las nubes en el cielo atmosférico, así, el sol interno sigue allí por más que parezca que nuestro mundo interior se está derrumbando. Basta con sostener intensamente la actitud apropiada para que 'la estrella' irradie nuevamente disipando la negrura de los nubarrones y brille a través de ellos. La 'intención' ha de ser la clave que active esa 'luz-calor' de nuestro núcleo llamado conciencia, proveniente del Espíritu que, en verdad, somos.

De este modo, vemos cuán vano resulta correr sorteando el aguacero, tomando reparos como paraguas, pilotos y botas en un intento de resguardarnos del clima externo cuando vivimos a diario expuestos a la tormenta perfecta, esa que nos mantiene parados en una zona de riesgo a cada segundo de nuestras (¿atormentadas?) vidas"

¿Pronóstico para las próximas 24 horas...?