Es esa hora justa en que se desatan los murmullos del ocaso. Todavía, algunas rezagadas hebras de luz tiñen el rostro amable de aquel olmo y en la transparencia esmeralda de sus generosas manos se brinda y derrama la armonía en clave de sol. Debajo de la apretada manta umbría de un caprichoso corro de abetos, indaga, hambriento y curioso, un puñado de horneros en busca de su temprano bocado, mientras al aire se eleva, como una inquietante sinfonía, la estridencia sonora de encendidos zorzales, dando la bienvenida a las primeras sombras... Al amparo de un viejo banco de madera, vestida su piel de líquenes y musgos, resabios de las lluvias de pasados eneros, se ha arremolinado estoicamente un viejo gato sin ganas ya de seguir camino.
La calma, el recogimiento, me devuelven a un espacio íntimo, sagrado y, en extasiado silencio, escucho, desde el alma, acallarse los cobrizos resplandores de un suspiro que se desvanece lento...




No hay comentarios:

Publicar un comentario