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lunes, 4 de noviembre de 2013

Es la fugacidad del tiempo, tal como la experimenta el humano, 
un privilegio a la vez que la causa de lamentos. 
La belleza de cada instante es tan sutil y efímera 
como el primer aliento que entrega una flor 
amaneciendo a las caricias del rocío, 
como ese primer rubor en las mejillas de la inocencia. 
Si no se está allí, en cuerpo y alma, para impregnarse de ella 
se esfuma, 
se escurre como los suspiros del enamorado, 
inasible...